A 3.300 metros de altitud sobre el nivel del mar, entre Cuzco y Aguas Calientes -el pueblo donde se encuentra la llaqta de Machupicchu-, se cosecha una de las sales más preciadas del mundo, la sal rosa de Maras. Un mineral trabajado al completo de forma artesanal cuyas propiedades y valores nutricionales están por encima del resto de sales. Desde el año 800 a.C. se tiene constancia de que el salar Maras, considerado Patrimonio Cultural Intangible de Perú y ubicado en su comunidad homónima en pleno Valle Sagrado de los Incas, fue explotado por diferentes grupos étnicos que se dedicaban a la producción de sal. La parada en el salar es prácticamente obligatoria para todos aquellos viajeros que visitan Cuzco y ponen rumbo Machupicchu, porque Maras -al igual que las ruinas de Moray, Ollantaytambo, Písac o Chincheros- entran en la ruta turística más impresionante del Valle Sagrado Inca. Su acceso, por un camino de tierra en el que las llamas, las vicuñas y las alpacas pasean a sus anchas, desciende hasta lo más profundo de este valle en el que se encuentran las pozas de sal. Una especie de bañeras naturales, aparentemente minúsculas desde lo alto, que tiñen la zona de una paleta de colores que pasa del rosa arcilla al blanco más puro, brillante y cristalino en época de cosecha.
